lunes, 16 de noviembre de 2009

Mal trato, animal

Esta historia contada por mi amigo el puma ocurrió hace mucho tiempo, cuando el ilustre John Clayton III, Lord de Greystoke, asumió bajo el nombre artístico de Tarzán y por segunda temporada el cargo de rey de la selva, usurpando la curul al joven Simba en una no muy clara contienda electoral.

Habiendo tenido la oportunidad de codearse con la aristocracia londinense durante sus viajes diplomáticos, el desadaptado lord inglés decidió regresar a su verde hábitat, en donde a pesar de su mediana ignorancia era respetado por su supuesta racionalidad (al estilo de algunos mandatarios latinoamericanos). Consecuencia del contacto con la burguesía, entre otras mañas le vino un civilizado asco hacia el popó: John ya no era el mismo Tarzán que había dejado transitoriamente la selva para probar el boxer (el pantaloncillo, no el pegante). Cansado de que su medio-civilizado pie tuviera que verse embadurnado-y-medio al pisar las espontáneas minas-unta-patas cuando dejaba de lado el bejuco para caminar, un día de aquellos decidió ordenar la excavación de un enorme hoyo en los cinturones de miseria de la selva, al cual a partir de la fecha y con carácter obligatorio todos los animales deberían dirigirse para dar rienda suelta a sus pesares fisiológicos. Publíquese, comuníquese y cúmplase...

Y se publicó, comunicó y cumplió. Y vio el monarca que había hecho bien, y descansó. Hasta aquella mañana, meses después... salió su alteza con la misma despreocupación de siempre, agarró el bejuco de siempre, y cuando descendió en el punto de siempre... "¡mierda!" gritó. Y se agachó, tocó, olió, probó y comprobó, y sí... era mierda. Y por sus características físico-químicas y gracias a la agudeza de sus sentidos llegó a la conclusión de que esa evidencia le perteneció al hermano conejo, razón por la cual mandó a llamar a este último a su despacho.

Viéndose el pobre conejo interrogado sobre la razón de su irreglamentario proceder, no tuvo otro camino que decir la verdad y acusar al gorila, culpable de su más reciente vergüenza:

"Esta mañana me encontraba muy comodito defecando a la orilla del gran hoyo, cuando de la espesura salió el gorila dispuesto a llevar a cabo el mismo menester. Habiendo cumplido el gorila con el precepto de que los últimos serán los primeros, y libre ya de pujanza alguna, abrió conversación dirigiéndose a mí en estos términos:

— "Amigo conejo, ¿usted suelta mota?"

Amablemente respondí que no, y fue entonces cuando el aprovechado ese me agarró de las orejitas y en una sucia maniobra se limpió el trasero conmigo. Por eso, señor Tarzán, no voy a volver al gran hoyo."

De los protagonistas de esta historia y de su final no se volvió a saber hasta hace unos pocos días. Supo mi amigo el puma que Tarzán absolvió al conejo y bajo el amparo del sapo le dio un lugar de privilegio entre la naciente red de informantes, a la vez que decretó el destierro para el gorila por su osadía, obligándolo a buscar fortuna entre otros homínidos. Los más recientes hallazgos señalan que el gorila encontró trabajo como creativo para un imperio regional de grandes almacenes, y parte de su trabajo consiste en impulsar el lanzamiento de productos con marca propia de la cadena. Para la muestra, un empaque:


Sin lugar a dudas, esta es la venganza del gorila por el valiente testimonio del hermano conejo. Ahora el pobre no hallará rincón seguro ni dentro ni fuera de la selva. El programa de protección a testigos tendrá que darle una nueva identidad si no quiere que lo vuelvan... mierda.

2 comentarios:

  1. jajajaja que pecaito con el señor conejo, eso le pasa por no ser motosito y por servir de informante...

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Mon@, que Dios se lo pague... deje su monedita aquí.