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sábado, 5 de diciembre de 2015

Con su música a otra parte




Para mi siguiente truco, necesito un antro. Tarea fácil, no es sino andar un poco por los alrededores del barrio y uno encuentra que en esta ciudad de nadie es fácil que cualquier malp***** decida un día que para lo único que sirve es para emborrachar idiotas y entonces opte por "colocar" una chichería. Si el iguazo se cree fino hasta se atreve a ponerle un aviso que diga "bar". Y si es un avivato al que la ley y el orden le importan una mierda, entonces le denomina "club".

Pues bien, todas estas opciones se facilitan aún más cuando las autoridades que supuestamente deberían evitar que tales cosas sucedan, se hacen las de la vista gorda o por el contrario ayudan a que sigan ocurriendo. Por omisión o por acción, no sabremos a ciencia cierta cuántos casos se deben a cada una (pues seguramente todo lo que ha pasado "por debajo" está bien tapadito)... pero los resultados están ahí, a la vista (y al olfato, y al oído) de todos los vecinos afectados. Porque los sinvergüenzas de este ejemplo y muchos otros de su misma calaña han invadido lo que en otros tiempos fue un barrio decente, tranquilo y residencial.

En la primera imagen (que no muestra sólo uno, sino tres antros en dos predios) se puede apreciar cómo efectivamente a un costado aún queda lo que por su aspecto parece seguir siendo una vivienda, aunque queda difícil imaginar cómo alguien puede todavía vivir allí dadas las dimensiones del ruido que producen estos “controvertidos empresarios”. Al otro lado y bajo uno de estos lupanares sobrevive un negocio decente, una heladería.

Lo de la heladería no tiene misterio, es algo que perfectamente podía pasar hace décadas y nadie lo iba a controvertir ya que salir a antojarse de un helado de diez bolas era (y sigue siendo) uno de los placeres zanahorios favoritos de muchos en cualquier tarde de domingo. Lo preocupante es lo del otro lado. No es difícil imaginar la encrucijada en la que se ha de encontrar el propietario, así como muchos en la misma zona. El ruido, el desaseo, la inseguridad, la intranquilidad y tantos otros males que atraen a su alrededor estos cuestionables locales, hacen que cualquiera piense en huir de allí y no volver jamás. Esto da para pensar en una nueva categoría de desplazamiento forzoso en la que habitantes de toda una vida se vean obligados a salir de sus casas y dejarlo todo en busca de un poco de tranquilidad, de recuperar al menos el básico derecho a descansar.

Pero ante tal perspectiva el camino lógico de vender ha de ser un dolor de cabeza, pues nadie cuyo plan sea adquirir vivienda va a querer semejantes vecinos. Así las cosas, los únicos clientes potenciales han de ser esos mismos pícaros que van convirtiendo a los cada vez menos propietarios que quedan en los forasteros del que hasta hace poco era su barrio. Llegan, presionan, compran quién sabe a qué precio, demuelen, aparecen con una misteriosa licencia de construcción que bajo el genérico uso de “servicios” oculta la verdadera destinación del predio, y en pocos meses ya es demasiado tarde.

Pero algo raro tuvo que haber pasado recientemente, algo que para quien escribe estas líneas por ahora es un misterio. Algo que hizo que el lobo sacara su disfraz de oveja, como lo muestra la última imagen, una vista en detalle de la primera. Alguien debe haberse cansado de tanto desorden. De tanto ruido, de tanto vicio, de tanta riña callejera alrededor de estos bulines. Alguien debió haber tomado alguna iniciativa. De otra manera el lobo no se habría disfrazado. No tendría necesidad de hacerlo, si siguiera creyendo (como lo ha hecho hasta ahora) que toda la comarca está feliz con su carnaval...

...Que a todos les gusta el retumbar de ventanas y paredes hasta altas horas de la madrugada, que esos compases graves que les hacen vibrar el piso les ayudan a sincronizar el sueño. Que esa bulla a la que él y sus enajenados clientes llaman música les fascina a todos allí afuera por igual. Que “generar empleo” es poner a un par de guaches a la entrada y pagarles a destajo por estarse ahí parados unas cuantas horas insistiéndole a los transeúntes para que entren a su guarida, mientras que “de una forma sana y honrada” unas cuantas ombligonas a medio desvestir disimulan el asco mientras por encargo simulan coquetearle a los pendejos que ya cayeron para que ilusamente les hagan el gasto y así dejen en caja hasta el último centavo que traen encima. Que los hijos de puta que recientemente han vuelto costumbre parquearse en plena vía con sus lobísimos “sonidos sobre ruedas” a complementar el ruido de los lupanares son bienvenidos a la hora que les plazca. Que a todos los vecinos les pica la morbosa curiosidad y pasan la noche entera en sus ventanas con las palomitas de maíz listas a la espera de la próxima película protagonizada por los gamines que, ebrios y drogados, salen a darse en la jeta en las aceras luego de que los dueños de los antros los sacan de allí para que el muerto o el herido no sea responsabilidad del “emprendedor” que lo emborrachó. Que es un placer salir en las mañanas a respirar el hedor que dejan los orines (y otras gracias) de esos malnacidos que creen que todo el vecindario del antro que frecuentan es el baño al que tienen derecho (pero inexplicablemente no usan) cuando están allá adentro.


Insisto… alguien debe haberse cansado, y ya era hora de que ocurriera. Ojalá trascienda y no se quede nada más en la pataleta de este lobo disfrazado. Ojalá ese alguien logre hacer entender a alcaldías, curadurías urbanas y en general a todos aquellos que se han hecho los locos con la regulación de estas actividades, que el derecho a lo que esos cafres llaman “trabajo” termina donde inicia el básico e inalienable derecho de los habitantes a disfrutar de la tranquilidad en sus propias casas. Que estos antros que en general traen más perjuicios que beneficios no son precisamente la forma más lícita de emprendimiento, por lo que no es admisible ese lloriqueo sobre el derecho al trabajo. No en vano el aviso de la entrada disimuladamente insinúa que eso es un “club”… aquella modalidad con la que desde hace años una cantidad de “chochales” se han pasado por encima de las normas para mantener abierto el desorden hasta la hora que les da la gana. 

Sí, claro… muy lícitos… lágrimas de cocodrilo, dicen por ahí. Llantos de lobo con piel de oveja. Hasta la próxima.

POSTDATA: En otra caminata pude comprobar que el llanto no era de un solo lobo, sino de muchos de ellos... idénticos carteles colgados afuera de "honestísimos" negocios con algo en común: TODOS eran chicherías. Llevado por la curiosidad terminé esculcando por ahí y me encontré esta belleza: http://www.bogota.gov.co/article/localidades/puente-aranda/en-puente-aranda-se-cerraron-27-bares-de-la-calle-octava-sur. :)

lunes, 30 de septiembre de 2013

Worst place to work

Si al ver el título de esta súbita entrada usted, sorprendido lector, sospecha que lo decantado al final de las próximas líneas será un gran manchón pesimista en su lindo día, es porque usted, como dicen ahora, "es de los míos" y sabe bien a lo que vino. Si no sabe / no responde, no se sienta mal, mejor acomódese y aliste su paciencia porque eso indica que es uno de los (escasos) nuevos lectores, siéntese y siéntase bienvenido.

¿Qué me trae de vuelta por acá? Un respiro en las labores de los últimos días mezclado con una ligera desazón, debida en parte a la situación expresada hoy por una persona joven cuya vida laboral obedece aparentemente a un patrón cíclico que me recuerda al movimiento del yo-yo, o a las gráficas de las funciones trigonométricas, en particular aquellas que oscilan entre el -1 y el +1. La curva de esta función presenta cuatro puntos característicos: 
  • mínimo: ¡Qué desesperación, no consigo trabajo! 
  • 0 ascendente: ¡Qué alegría, apareció una oportunidad de trabajo!
  • máximo: ¡Qué desesperación, estoy harto(a) de este trabajo!
  • 0 descendente: ¡Qué alegría, ya no volveré a ese @#$%&! trabajo!
  • ... (reinicio del ciclo) ... 
La primera vez, uno podría pensar que el problema es la persona, que tal vez es muy joven para entender cómo funcionan algunas cosas en este moridero en el que nos tocó vivir. Más tarde una fibra sensible se deja llevar por el afecto, traiciona al discernimiento y quiere concluir que el problema es la empresa, porque claro, es proverbialmente sabido por todos que para ser un jefe promedio hay que ser una mierda. La segunda vez, la cosa tiende a quedar en el empate... no puede ser que todas las empresas en ese medio sean así / no puede ser que a ella siempre le pase lo mismo...
Las siguientes veces ya dejan un mal sabor de boca, porque a medida que la muestra estadística crece se va revelando la tendencia y ésta no es muy halagadora. Pero no nos digamos mentiras... esto no le pasa a una sola persona. Nos pasa o nos ha pasado a muchos. ¿Por qué? Porque este hueco se lleva de lejos una medalla dorada grabada con letras bien grandes que traducen exactamente el título de este desahogo: el peor lugar para trabajar.

El caso al que me he estado refiriendo es tan solo uno entre miles, tal vez millones. En su burbuja esta persona asume que el problema es de falta de oportunidades para los jóvenes, pues es lo que percibe en su entorno cercano, en su específica combinación de edad / profesión. Pero la verdad es otra mucho más amplia, y entre sus muchos rasgos cuenta con uno que ella tímidamente ha comenzado a sospechar: que las verdaderas oportunidades son contadas y ya tienen dueños. (De aquí en adelante corro el riesgo de parecer reiterativo, porque habrá líneas que se crucen con cosas que ya se han escrito en este espacio). ¿Quiénes son los dueños de esas oportunidades? Los mismos de siempre: los dueños de los capitales, y por supuesto, sus allegados. Por las rendijas de la corteza de aquellos inmaculados árboles genealógicos logra treparse uno que otro lagarto que se alimenta de las influencias que puede llegar a tener en las ramas de éstos. Algunos pájaros serán diestros en el arte de trastear su nido de árbol en árbol. Y abajo, en la tierra, se quedan las laboriosas hormigas, base de la dieta de esa fauna que habita en las ramas de los atractivos árboles. Para ellas sólo está reservado el dudoso beneficio de recoger las sobras, las hojas que ya no sirven en las frondosas ramas. Si logran subir a alguna no será para mantenerse allí por mucho tiempo, pues su destino es volver a bajar con lo poco que de allá arriba hayan podido obtener.

Esta cochinada de mercado laboral se nutre de la necesidad creciente de un hormiguero cada vez mayor en número, al cual se le hipnotiza permanentemente con falsas ideas sobre la importancia del "capital (fórmico) humano" para convencerlo de que aportándole más hormigas al sistema hará que su recompensa sea mejor. Nada más falso. La tajada para el hormiguero siempre será la misma, y entre más hormigas haya más insignificante será el mordisco que le toque a cada una. Se inventan programas "sociales", prometen subsidios al que mejor emule el ritmo reproductivo de los conejos, montan cortinas de humo sobre el mejoramiento de la educación y de las condiciones de empleo... y cuando las hormigas se acercan a tan dulce tentación comienzan los problemas. Que lo mejor es una hormiga bien joven pero con bastante estudio y experiencia... pero no se sabe en dónde ni con qué tiempo la habrán de adquirir, primero porque para cumplir con el perfil tuvieron que pasársela estudiando, y segundo, porque siempre se cae en el círculo de "para trabajar necesito experiencia, pero para adquirir experiencia necesito trabajar". Ahora, si la hormiga tiene la experiencia, por algún lado se le encontrará el defecto: o ya no es tan joven, o su aspiración salarial es muy alta, o está "sobreperfilado"... o cualquier razón estúpida que solo desaparece cuando la hormiga está tan necesitada de un trabajo que se "regala" dispuesta a firmar lo que el empresario quiera y por los centavos que sean.

En resumen, un panorama de mierda: Si uno tiene menos de 30 años, tiene las puertas abiertas pero por no tener muchas cosas claras se va a aburrir fácil. Si tiene más de 30, está por encima de lo que la empresa necesita y no le quieren hacer el daño de subutilizarlo porque se puede estar perdiendo de una oportunidad mejor... "no nos llame, nosotros le llamamos". Si tiene más de 35, es laboralmente un anciano decrépito, muy viejo para postularse a un trabajo pero muy joven para pedir la pensión. Hoy este moridero está compuesto en buena parte por un ejército de "ancianos" que rondan los 40 años sin tener posibilidades de mantenerse dignamente en un empleo formal, independientemente de su formación académica, colgados con fuerza de alguna rama del árbol aquel mientras ven con desespero que desde abajo se acercan centenares de ávidas hormigas jóvenes dispuestas a comerse esa misma hoja antes de que a ellas les llegue la hora de caer. Así que... bella hormiguita... no te quejes tanto y aprovecha mientras aún te quedan fuerzas para morder las hojas, y si puedes, tráeme un bocadito. Y si tienes alitas, aprovéchalas. Quedarse abajo a recoger las hojas marchitas no es un buen plan.

viernes, 24 de febrero de 2012

Arruin-arte

¿Colección de autógrafos de ñeros?
La copa está rebosada nuevamente con la cantidad de imágenes "artísticas" que he tenido que ver en lo que va del año. Estupor causó en mi amigo el puma la noticia de que se podría imponer una pena de hasta 40 años de prisión al policía implicado en el incidente maluco aquel del parásito grafitero al que fumigaron en el norte de la ciudad, tema al cual ya se hizo referencia en uno de nuestros capítulos anteriores. En ese orden de ideas la percepción para un ciudadano de bien viene a ser la misma de siempre: si al infractor lo agarran al día siguiente lo sueltan sin que nada le cueste la "gracia" que hizo, sin embargo, si el que reacciona no cuenta con suerte y pasa algo más allá de lo "admisible", el hampón resulta protegido por todas las garantías y el jodido es aquel que intentó recuperar el equilibrio de la situación.

¿Qué carajos dice ahí?
Como en tantas situaciones que se presentan en esta zoociedad importaculista, el problema es de los demás hasta cuando le toca a uno. Y no me refiero a que uno no sienta nada por el grafitero hasta que uno sea el que ande en esas. Esa posibilidad no se contempla entre gente de bien. Me refiero a la ligereza, a la laxitud con que  parte de la opinión pública se vuelca en contra del agente del orden, en contra de la autoridad que se supone está para velar por los intereses de esa zoociedad desagradecida que le apuesta como en pelea de gallos al que vaya ganando el caso sin medir las consecuencias.

Las desventajas de la casa esquinera
Me pregunto si con esa misma ligereza opinarían cuando el cáncer del mamarracho urbano, la plaga arruinadora de fachadas, esa caterva de insurrectos que no respetan la propiedad pública ni la privada, se fueran acercando con sus adefesios a su localidad... a su barrio... a su cuadra... a su calle... a la fachada del vecino y, finalmente, a la suya propia: "¡Donde yo hubiera visto a ese hijueputa dañándome la pared, lo acabo!". No se mienta y no me mienta, señor lector. Esta sería su reacción, no nos hagamos ahora los santos. Pero como no ha sido su fachada, ni la del vecino, ni siquiera han pasado por su calle, por eso está tan tranquilo, ¿no es así?. Yo supongo que sí. Y al nuevo alcalde sólo se le ocurre desarmar a la población civil (de bien), pero a estos hampones nada les hace.

Nuevo concepto en señales de tránsito
Semanas atrás leí que en la alcaldía se puso a alguien a trabajar en el tema, pasando por la discusión de siempre sobre la posibilidad de destinar algunas zonas (paredes) al ejercicio controlado de "tan noble arte", hecho al que los forajidos de siempre respondieron con dos piedras en cada mano argumentando que ellos podían hacer lo que les diera la gana en cualquier sitio de la ciudad. Y es que en verdad esa plaga anda alborotada desde que pasó lo que pasó en agosto.
Así que, para hacerle entrar en calor y que se vaya haciendo a la idea de cómo se verán las paredes de su barrio si no se hace algo serio al respecto de este problemita, le dejo con una nueva galería de estos "pobres artistas incomprendidos". Y si llego a ver a alguno en acción, educadamente le pediré que me deje su business card para ponerles en contacto por si necesitan alguna "mejora locativa" de esas que tan bien saben hacer, en favor de la valorización de los predios elegidos y de sus "afortunados" dueños. Mientras tanto, que no le pase a usted. Buenas noches.

NANFREDO

Otra del mismo gamín que se tiró la señal
Claro, seguro le darán un buen precio con esa cagada en el frente
Lavado, cambio de aceite, polichado y @#$%&!
Entre esto y mierda, poca diferencia
No, pues qué ternurita...
Y dale con los rayones sin sentido...
El colmo: según el dueño le "pidieron permiso".
Nótese el dominio del inglés: "foking"...
Al pobre dueño de esta esquinera, dudo que tantos hampones le hayan pedido permiso.
Veremos qué sucede cuando pinte la fachada de nuevo.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Transmitomanía (Urbanosis 6)

Escarbando en el archivo de fotobombas pude comprobar con mi amigo el puma que había bastantes como para "secar" el tema del adorable Transmilenio (mencionado levemente en la entrada anterior), ese "maravilloso sistema" de transporte público que supuestamente (por lo menos en la imaginación del diablo que nos lo impuso, el siniestro Enrique Peñalosa) iba a ser el orgullo de Porcinópolis.


Anteriormente mostré imágenes recientes que evidencian el triste destino que puede llegar a sufrir la única avenida decente con que contaba la ciudad, como desenlace de una pésima gestión que ya se veía venir desde hace casi tres años. Estamos cada vez más próximos a la entrada en funcionamiento de aquel atropello, y entonces comenzará la cuenta para saber si los contratistas que lo ejecutaron fueron tan ineptos o tan ladrones como los del ilustre Enriquito.
Pero esta vez no se hablará de las vías, por las cuales siempre se echará la culpa al distrito para intentar atenuar la responsabilidad de los operadores del sistema a la hora de buscar causas para las fallas en el servicio. En esta ocasión el tema son los dolores de cabeza cotidianos de quienes se ven obligados a utilizar el sistemita de pacotilla. El emotivo comercial enlazado tras el primer párrafo no fue el único pajazo mental al que se sometió a la ciudadanía. Vean este otro:


Demos un repaso a las palabritas mágicas usadas por el supuesto transeúnte bogotano:

Convivencia: Ciertamente Transmilenio maneja un concepto bastante particular de esta palabra. En efecto, por la densidad de pasajeros por metro cuadrado de superficie éstos se ven obligados a convivir a un nivel de intimidad tal que no se lograría ni siquiera durmiendo juntos en "cucharita". Para la muestra, un botón.

Seguridad: Cualquiera se come ese cuento cuando la única toma que muestra con nitidez al bus de perfil enfocando las ventanas y no las latas, deja ver del otro lado que el bus va casi desocupado, y en primer plano a un par de actrices cagadas de risa sin nadie que les ponga sus "partes nobles" en el hombro o en la cara mientras lucha por no caerse.

Tiempo: Si alguien me viniera ahorita con el cuento de que Madonna es virgen, tendría más credibilidad que el sentido que le pretenden dar a esta palabra para referirse a Transmilenio. Se suponía que íbamos a ganar tiempo, pero ocurre exactamente lo contrario. A mi amigo el puma le consta que en su anterior trabajo, utilizar el servicio en cuestión para intentar llegar a tiempo nunca fue buena idea. Para un viaje que en el transporte "convencional" demoraba alrededor de 40 minutos, Transmilenio prometía demorarse solo 20. Hasta ahí, parece una maravilla, pero el problema es que para poder abordar la maldita ruta que le servía llegó a perder 45 minutos o más, triplicando el tiempo prometido, y casi duplicando el que gastaba antes. Y comienzan los cuestionamientos: ¿Por qué no volver entonces a las viejas rutas? Fácil, porque estos señores las hicieron retirar de las vías por donde ellos pasan. Ahora bien, si fuera viable con los cambios de clima y cómodo para el desempeño del resto del día, mi amigo se iría en bicicleta todos los días, pues ya tenía claro que podía hacer el viaje en un tiempo parecido al que estaba acostumbrado. ¿Otras alternativas? "Mmm... ni que fuera el dueño de la empresa para andar a todas horas en taxi", me respondió. Creo firmemente que este punto, el factor tiempo, fue el que disparó el uso del vehículo particular en la ciudad. Ante el absurdo intento de restringir dicho uso con medidas como el "pico y placa", los pudientes respondieron con la adquisición de un segundo vehículo para hacerle conejo al problema, y los que no podían aspirar a tanto se decidieron a arriesgarse montándose en una motocicleta, todo con tal de no perder el trabajo por una discusión con algún jefe idiota que se negara a entender que este maravilloso sistema de transporte público es enemigo de la puntualidad.

Cultura: Justo antes de oir esa palabra, aparece alguien cómodamente sentado leyendo. La persona que modeló para esa toma debe ser la única que pudo alguna vez leer una línea completa en un miserable bus de Transmilenio. Con la vibración de dichos vehículos, sumada al tradicional (y pésimo) estado de la troncal con la que se inauguró el sistema, a la chambonada de los conductores y a la comodidad con la que uno viaja (aludida ya en el tema de convivencia) dicha escena pasará a formar parte de mi antología personal de escenas de ficción. Por otra parte, cultura no es precisamente lo que se respira en un entorno en donde en primer lugar, parece que el jabón y el desodorante fueran artículos de lujo reservados para el estrato 6. Tampoco creo que sea un reflejo de cultura la obligatoria transgresión a supuestas reglas de uso como el no pararse en las franjas amarillas junto a las puertas, el dejar salir primero dizque para ingresar más fácilmente al bus, o el no incomodar a los demás pasajeros (algo que no tienen claro los h.d.p. que sacan sus celulares sin audífonos y obligan a todos a su alrededor a escuchar la misma basura que ellos).

Un amigo que nos cambió la vida: Como dicen por ahí, con esos amigos, ¿para qué enemigos?. Claro que nos cambió la vida, nos volvió más infelices, más amargados, nos dio más razones para comenzar el día con una pésima actitud, nos ha robado tiempo que podíamos utilizar en otras actividades más productivas o placenteras para destinarlo al diario viacrucis de esperar el "feliz instante" en el que uno pueda empacarse en un cacharro de esos para ser transportado como salchicha.

Y como si fuera poco el mal logrado optimismo, lo juntan con el lema pendejo del banco que les alcahueteó el comercial: "porque todo puede ser mejor...". Pues claro, en efecto, decir que todo puede ser mejor es reconocer de alguna manera que todo está mal.
De las fotobombas prometidas en el primer párrafo, me ocuparé en próximas entradas. Por ahora les dejo con una peculiar versión de la imagen de nuestro "amigo", fruto de la inspiración de algún anónimo ciudadano que expresó su inconformidad en el costado de uno de aquellos adorables buses, la cual no puedo negar que me sacó una efímera sonrisa.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Réquiem en concreto (Urbanosis 5)

Hace apenas tres días en todo el país se realizó una nueva jornada de farsa electoral, esta vez dedicada a la elección de autoridades locales: gobernadores, alcaldes, concejales, ediles, un largo etcétera de curules destinadas a darles de comer a los más convincentes aun cuando esos no fueran necesariamente los más competentes ni los más honestos. En el caso particular de Porcinópolis, una gran expectativa rodeaba por lo menos la escogencia del futuro alcalde, dado el estado de descomposición alcanzado por la ciudad gracias a la pésima gestión del último idiota que pasó por ese puesto: el famoso Bobolitro, alias Samuel Moreno.


La primera fotobomba que adorna esta nota fue tomada hace casi dos años: Diciembre 12 de 2009. En ella se resume lo que representó para Porcinópolis el paso de aquel nefasto personaje por la alcaldía. Una vía como pocas, orgullo de la ciudad, que la comunicaba con el pedazo de aeropuerto y que fue realizada en los tiempos de su abuelo, la cual cumplió su función con decoro a lo largo de cinco décadas, mostrando el resultado de la vieja costumbre de hacer las cosas bien, pensando en que duraran. Hasta que sucumbió bajo la aplastante ambición de los vendedores del falso progreso.


La segunda fotobomba fue tomada hace apenas un mes, pero podría haber sido hace seis, o quizás un año, o tal vez cinco, o hasta diez. Corresponde a un reflejo de la maravillosa gestión en la alcaldía de otro baboso hace más de una década, uno igual de talentoso para malgastar el presupuesto de la ciudad en obras suntuosas o mal ejecutadas: el señor Enrique Peñalosa. Pero hay que recalcar que esta vía no tiene 50 años como la de la otra foto, se inauguró hace apenas once añitos y pueden ver lo buena que está. Seamos serios: la Avenida El Dorado fue bien hecha, y si no fuera porque el bobo de Samuelito la mandó a destruir (para darle continuidad a las estupideces de Enriquito y tajada a los honestos contratistas que desde los tiempos del borracho Lucho Garzón supieron aprovechar la hegemonía del Polo Demagógico), seguramente aún tendríamos avenida para rato. En cambio, la fabulosa troncal de la Avenida Caracas es uno de los peores descalabros que hemos conocido en cuanto a vías en la capital. Desde sus inicios, esta vía ha estado en permanente mantenimiento por su pésima calidad; la foto lo dice todo, y ese punto (calle 76, sentido sur-norte) es solamente uno de los muchos en similares condiciones.

Tenemos entonces una vía antigua, pero bien hecha y en estado aceptable, y una vía de calidad cuestionable que año tras año le genera costos a la ciudad. En el caso de la primera, fue necesario que llegara un idiota que diera la orden para destruirla. En el caso de la segunda, sólo fue necesario que otro idiota contratara su ejecución, disimulando una descarada obsolescencia programada para verla destruida todo el tiempo, y así garantizar que hubiera más contraticos para su permanente reconstrucción. Sin embargo, la labor de Samuelito fue tan proverbialmente mala, que hoy en día hasta Enriquito parecería honesto (por lo menos desde el punto de vista de muchos de sus fans). Qué mentira tan grande... tan grande como ese bache de la fotografía, gracias al cual uno la pasa tan bien como pasajero del maravilloso sistema de transporte en el que nos metió ese señor, con la promesa absurda de que su altísimo costo estaría justificado por la eficiencia, rapidez, comodidad y... pura mierda, como buena promesa de político.


La Avenida El Dorado pasó a la historia para convertirse en otra troncal al servicio del desastre de Transmilenio, el cual a su paso sólo deja gente inconforme que es tratada peor que ganado rumbo al matadero, y mientras eso pasaba él sólo sonreía, como siempre, con esa actitud de niño bien que le caracteriza, y pensando que cualquiera que cogiera la alcaldía de ahora en adelante, por más incompetente que fuera, no podría ser peor que Samuelito. Vio el ambiente propicio para lanzarse como candidato, ya que en ningún otro puesto le cuajaba el voto, y ¡zas! se lanzó. Rodeado de honestos, pretendió parecer uno de ellos. Se arrimó al partido político de quien fuera su predecesor y sucesor porque sabia que eso le aportaría los votos frescos de miles de ingenuos que creyeron recientemente que se podía inventar una nueva política sin trampas. Pero luego mostró el hambre, y a la hora de las candidaturas se dejó seducir por uno de sus viejos maestros, el señor ex-presidente, aquel que con la misma hambre aspiraba a darnos un oscuro tercer episodio sin lograrlo, y que ahora como premio de consolación pretendía cierto tipo de "alcaldía desde la sombra", para lo cual necesitaba un títere que compartiera su apetito. Enrikin se dejó apoyar entonces de su oscuro maestro, Lord Uribius, y puso a temblar a quienes sospechaban que de esa unión no saldría nada bueno. Bastaba con ver la terrible campaña de propaganda negra, del mismo estilo de la que se usaba año y medio atrás para promover al anterior discípulo del señor oscuro. Había que resistirse a siquiera pensar que el mismo proceder les diera resultado por segunda vez.

Ya saben lo que dicen sobre aquel que muestra el hambre... afortunadamente en este caso se volvió a cumplir, Enrikin mostró el hambre y se quedó sin comer. Si entre las demás opciones la decisión tomada por las mayorías fue o no la correcta, sólo el tiempo lo dirá. Por lo pronto, parece que nos salvamos de los moñitos lobos en los postes, de un segundo imperio del mal cemento, de ver otra troncal caracas en la carrera séptima, o en la avenida Boyacá, o quién sabe en qué otra vía. Nos salvamos de la falsa y arrogante promesa de que sólo él sabía cómo solucionar los problemas en que él mismo nos metió, con el flojo argumento de que él era el indicado porque ya había sido alcalde (hasta donde recuerdo, cuando lo pusimos a despilfarrar el presupuesto que le dejaron sus antecesores ese argumento no le acompañaba, y ganó).

Mejor los dejo con alguien inteligente: mi amiguito Bruno, él sí sabe para qué sirve tanto bolardo.


sábado, 8 de octubre de 2011

Ensuci-arte (1)


En Porcinópolis se ve de todo. El pasado 19 de Agosto, una noche de viernes, fue noticia la muerte de un adolescente a manos de un agente de la policía en hechos un tanto confusos y sobre los cuales el papel de los medios, de los alcahuetas de la víctima (familiares y amigos) y de las autoridades sólo ha logrado confundir a la opinión. Los alcahuetas clamaban "justicia" en nombre de quien según ellos era una mansa palomita dedicada a pintar gatitos en cuanta pared privada o pública encontrara a su paso. Las autoridades manejaron una versión cada vez más retorcida según la cual el difunto y sus acompañantes habrían estado involucrados en un asalto contra un vehículo de servicio público esa misma noche. Declaraciones del lado de los alcahuetas enlodaban un poco al que pretendían mostrar como alma pura al dejar en evidencia que según su versión de lo ocurrido esa noche llevaban alrededor de cuatro horas dañando paredes en un trayecto de más de 40 calles mientras ingerían alcohol (siendo menores de edad), siempre atentos a no ser pillados por la policía (admitiendo así que sabían que estaban incurriendo en conductas que son consideradas como contravenciones en el código de policía). Del lado de la autoridad las cosas no eran mejores, pues al intentar agregar detalles que sustentaran la versión del agente que disparó lo único que lograban era matizarla cada vez más como un montaje para encubrir una falta.

En esta ocasión mi amigo el puma y yo nos ponemos de parte de una palabra que no gusta: intolerancia. No gusta, porque se le asocia negativamente con las reacciones que tiene la gente ante algún estímulo también negativo, pero aislándolas de su contexto, intentando invalidarlas mientras que sin razón se legitima el derecho del causante a hacer lo que le da la gana. En esa onda de satanización de la defensa propia vemos ejemplos por montones: El vecino desconsiderado (y de mal gusto) cree que tiene el derecho a elevar el volumen de lo que considera música, violando mi derecho fundamental a descansar en mi casa. Pero si salgo de mi papel de víctima pasiva y reacciono, arriesgándome incluso a ganarme una golpiza o un balazo por retar al "traqueto" interior de aquel sujeto, al final cualquier cosa que pase será (supuestamente) culpa mía por "intolerante". Lo mismo ocurrirá si el hijo del vecino viene y se orina en el jardín o lo agarra de escondite para drogarse... en caso de reclamo, el hijueputa es uno. Si un ñero wannabe consiguió para ponerle a su carro un sonido ensordecedor y creerse pandillero gringo mientras escucha su basura, se atribuye el derecho a pasearse por el barrio y no dejarnos dormir, pero si le reclamamos un poco de silencio somos unos malditos intolerantes. Y por supuesto, en esta gran moda de justificación de las malas conductas entran esos mal llamados "artistas", esas dulces palomitas que creen que todas las paredes de la ciudad son de su propiedad y que pueden hacer en ellas lo que les venga en gana. Mientras tanto, que se cuiden los verdaderos dueños, porque si los llegan a pillar y salen a reclamar pueden resultar golpeados, heridos, o muertos a manos de esas dulces palomitas, y todo por ser "intolerantes" y no permitirles seguir con sus mamarrachos o sus extravagantes letreros que no dicen absolutamente nada, más allá de representar la marcación de territorio de unos desadaptados que no respetan la propiedad ajena, creyéndose amparados por el ejercicio de su "libre desarrollo de la personalidad".

A una altura como la de las vallas que se muestran en las dos fotos anteriores, esas obras de "arte" nos hacen pensar más en un pandillero drogado arriesgando la vida mientras marca territorio que en un "artista callejero". Un maldito letrero incomprensible, que sólo tiene significado para quien se esconde bajo ese "alias", no tiene nada de arte y sí mucho de contaminación visual, pasando como ya se dijo por la evidente invasión a la propiedad, hecha por un habilidoso saltatapias. Aquí tienen más ejemplos de la galería callejera de estos hampones:





















Como se puede apreciar, toda pared desprotegida se convierte en potencial papel para los delincuentes, y que conste que esta no es una acusación formulada por quien escribe, sino una declaración anticipada que ellos mismos han plasmado en un muro, la cual debería ser tomada en cuenta para la próxima vez que alguno de estos sujetos sea pillado en flagrancia, de manera que al haber claridad sobre la condición delincuencial del ejecutado detenido no quede ninguna duda de que cualquier "intolerante" que obre en su contra lo habrá hecho en defensa y beneficio de la comunidad, que es finalmente la que debe pagar por los destrozos de estos antisociales.